miércoles, 27 de agosto de 2014

Si cree que la física es aburrida, la culpa es de su profesor.


El aburrido mundo de Niels Bohr
Física, ¿qué es lo primero en venir a su mente al oír esta palabra? Probablemente sea la imagen de un hombre gordo, con un bigote que causaba risas, algo calvo, vestido siempre con un pantalón oscuro, saco de lana o corbata y una infaltable bata blanca. Esa era la imagen regular de los maestros que intentaron, inútilmente la mayoría, hacernos entender a Newton, a Maxwell, a Bohr o en los mejores casos, a Einstein.

Aprendimos a odiar estos profesores. Eran verdaderos sádicos, disfrutaban cuando no podíamos resolver sus problemas, cuando la velocidad final del objeto que cae desde 30 metros no concordaba con la que él había calculado, tenía un gesto casi orgásmico al entregar el examen del que no habíamos logrado responder más del 10% de las preguntas. Sí, era un ser detestable, teníamos suficientes motivos para odiarlo. Por su culpa no podíamos ir al cine, a pasear con nuestros amigos, nos quitaba el valioso tiempo que debíamos dedicar a nuestra pareja, era el personaje más despreciable del colegio, y por lógica correlación, su materia era el blanco de nuestra más profunda aversión. Pero espere, piénselo bien, ¿odiaría usted el fútbol si los árbitros fuesen unos seres injustos, tramposos, innobles? Estoy seguro que la respuesta es un rotundo NO, así, en mayúscula. El deporte no tiene la culpa diría usted. Bueno, pues sabe algo, las ciencias, y la física en especial, sufren del mismo mal. La culpa no es de ellas, es del profesor que no supo como hacérsela agradable.

¿No me cree? Obvio, eso pensé. ¡Pero espere! permítame contarle una historia que, si no lo hace cambiar de parecer, al menos lo va a entretener un par de minutos. Todo inicia con usted. Sí, usted es el protagonista de esta historia. Usted, en este momento está leyendo un blog, en un computador quizás, o en su teléfono o en una tablet, realmente eso no importa. Lo importante es que en sus manos tiene un dispositivo que representa el mayor logro de nuestra civilización; hasta el momento al menos. Este aparatico le dice por donde ir cuando está perdido, le ofrece múltiples formas para comunicarse con quien usted desee, no importa en qué lugar del planeta se encuentre, puede divertirse con vídeos o con música, puede tomar fotografías e incluso pasar horas jugando en él. Bueno, ahora imagínese a usted mismo hace 50.000 años. Viviendo en una cueva, luchando a muerte con animales salvajes por su comida, o para no convertirse en comida, lleno de enfermedades, de parásitos, de dudas.

Yo lo he intentado, me he puesto en ese lugar, en ese tiempo, y la verdad considero que lo peor de todo eran las dudas. No saber qué eran las luces en el cielo nocturno, confundir los relámpagos con la ira de algún ser sobrenatural, creer que la enfermedad era síntoma de brujería... Tantas cosas extrañas que pasan en nuestro mundo, y todas ellas carentes de explicación. Debía ser una existencia llena de temores, de miedos exacerbados por la ignorancia.  Luego, un buen día a alguien se le ocurrió que los cometas no tenían por qué ser mensajeros de la catástrofe, ni los terremotos castigos de los dioses y que seguramente la luna tendría una razón diferente al amor para mantenerse tan cerca de la tierra.

Seguramente uno de los primeros fenómenos en ser sometido al escrutinio de la razón fue el sol, fuente de luz y calor, sustento de la vida y dios tutelar para buena parte de las culturas antiguas. Sin duda causaba curiosidad y admiración en nuestros antepasados. Pero no fue la curiosidad la que llevó al hombre a intentar entender su mundo; fue la necesidad. La necesidad de medir el tiempo, de entender cómo y por qué crecían las plantas, de buscar maneras más eficaces para protegerse de ese mundo hostil y salvaje que lo rodeaba.

El cielo le entregó al hombre antiguo la posibilidad de medir el tiempo, de establecer ciclos en la naturaleza que le ayudaran a saber cuál era el mejor momento para sembrar, cuando volverían las manadas de animales que cazaba, cuando podía esperar las lluvias y, con el tiempo y la práctica, pudo incluso inventarse el concepto de horas y dividir así su día. Todo esto se logró observando el cielo, entendiendo los ciclos de la luna, el movimiento de las estrellas y la posición del sol. Con estas sencillas observaciones nació la astronomía; una de las primeras ciencias y, que durante miles de años se relacionó de manera muy estrecha con la magia y los fenómenos sobrenaturales.



Muchos siglos después, los hombres conocían muy bien los movimientos de los astros pero no podían explicar la razón de ese movimiento, o tan siquiera qué eran o porqué estaban allí. En este punto aparecen hombres como Kepler o Galileo, quienes con una imaginación desbordada, se dieron a la tarea, no sólo de explicar qué pasaba encima de sus cabezas, sino también de inventar los métodos y los artefactos con los que iban a conseguir estas respuestas. Después de ellos el mundo cambiaría para siempre, e iniciaría la carrera por la tecnología que nos tiene hoy en las puertas del espacio, permanentemente conectados entre nosotros, con un fácil acceso a una cantidad casi inimaginable de información, capaces de crear realidades virtuales, de tener dispositivos que indican el lugar exacto del planeta en que nos encontramos y, lo que es más importante, muy cerca de descifrar el orden que subyace a nuestro mundo, la voluntad y la forma de actuar de eso que los primeros hombre que miraron al cielo decidieron llamar dios.





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