Física, ¿qué es lo primero en venir a su mente
al oír esta palabra? Probablemente sea la imagen de un hombre gordo, con un
bigote que causaba risas, algo calvo, vestido siempre con un pantalón oscuro,
saco de lana o corbata y una infaltable bata blanca. Esa era la imagen regular
de los maestros que intentaron, inútilmente la mayoría, hacernos entender a
Newton, a Maxwell, a Bohr o en los mejores casos, a Einstein.
Aprendimos a odiar estos profesores. Eran verdaderos sádicos, disfrutaban cuando no podíamos resolver sus problemas, cuando la velocidad final del objeto que cae desde 30 metros no concordaba con la que él había calculado, tenía un gesto casi orgásmico al entregar el examen del que no habíamos logrado responder más del 10% de las preguntas. Sí, era un ser detestable, teníamos suficientes motivos para odiarlo. Por su culpa no podíamos ir al cine, a pasear con nuestros amigos, nos quitaba el valioso tiempo que debíamos dedicar a nuestra pareja, era el personaje más despreciable del colegio, y por lógica correlación, su materia era el blanco de nuestra más profunda aversión. Pero espere, piénselo bien, ¿odiaría usted el fútbol si los árbitros fuesen unos seres injustos, tramposos, innobles? Estoy seguro que la respuesta es un rotundo NO, así, en mayúscula. El deporte no tiene la culpa diría usted. Bueno, pues sabe algo, las ciencias, y la física en especial, sufren del mismo mal. La culpa no es de ellas, es del profesor que no supo como hacérsela agradable.
¿No me cree? Obvio, eso pensé. ¡Pero
espere! permítame contarle una historia que, si no lo hace cambiar de parecer,
al menos lo va a entretener un par de minutos. Todo inicia con usted. Sí, usted
es el protagonista de esta historia. Usted, en este momento está leyendo un
blog, en un computador quizás, o en su teléfono o en una tablet, realmente eso
no importa. Lo importante es que en sus manos tiene un dispositivo que
representa el mayor logro de nuestra civilización; hasta el momento al menos.
Este aparatico le dice por donde ir cuando está perdido, le ofrece múltiples
formas para comunicarse con quien usted desee, no importa en qué lugar del
planeta se encuentre, puede divertirse con vídeos o con música, puede tomar
fotografías e incluso pasar horas jugando en él. Bueno, ahora imagínese a usted
mismo hace 50.000 años. Viviendo en una cueva, luchando a muerte con animales
salvajes por su comida, o para no convertirse en comida, lleno de enfermedades,
de parásitos, de dudas.
Seguramente uno de los primeros fenómenos
en ser sometido al escrutinio de la razón fue el sol, fuente de luz y calor, sustento
de la vida y dios tutelar para buena parte de las culturas antiguas. Sin duda
causaba curiosidad y admiración en nuestros antepasados. Pero no fue la
curiosidad la que llevó al hombre a intentar entender su mundo; fue la
necesidad. La necesidad de medir el tiempo, de entender cómo y por qué crecían
las plantas, de buscar maneras más eficaces para protegerse de ese mundo hostil
y salvaje que lo rodeaba.
El cielo le entregó al hombre antiguo la
posibilidad de medir el tiempo, de establecer ciclos en la naturaleza que le
ayudaran a saber cuál era el mejor momento para sembrar, cuando volverían las
manadas de animales que cazaba, cuando podía esperar las lluvias y, con el
tiempo y la práctica, pudo incluso inventarse el concepto de horas y dividir
así su día. Todo esto se logró observando el cielo, entendiendo los ciclos de
la luna, el movimiento de las estrellas y la posición del sol. Con estas
sencillas observaciones nació la astronomía; una de las primeras ciencias y, que
durante miles de años se relacionó de manera muy estrecha con la magia y los
fenómenos sobrenaturales.
Muchos siglos después, los hombres
conocían muy bien los movimientos de los astros pero no podían explicar la
razón de ese movimiento, o tan siquiera qué eran o porqué estaban allí. En este
punto aparecen hombres como Kepler o Galileo, quienes con una imaginación
desbordada, se dieron a la tarea, no sólo de explicar qué pasaba encima de sus
cabezas, sino también de inventar los métodos y los artefactos con los que iban
a conseguir estas respuestas. Después de ellos el mundo cambiaría para siempre,
e iniciaría la carrera por la tecnología que nos tiene hoy en las puertas del
espacio, permanentemente conectados entre nosotros, con un fácil acceso a una
cantidad casi inimaginable de información, capaces de crear realidades
virtuales, de tener dispositivos que indican el lugar exacto del planeta en que
nos encontramos y, lo que es más importante, muy cerca de descifrar el orden
que subyace a nuestro mundo, la voluntad y la forma de actuar de eso que los
primeros hombre que miraron al cielo decidieron llamar dios.